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  • Este sigue haciendo un anhelo de un creyente por su nación: ¡que sea bienaventurada! Esto implica orar y trabajar día a día para que el Evangelio y la Palabra de Dios penetren los cimientos mismos de la nación. Sí, hemos visto cuan malo y peligrosos es que en la nación se pierda el temor a Dios. Pues, “si fuesen destruidos los fundamentos, ¿Qué va a hacer el Justo?” (Sal. 11:3).


  • Anhelamos ser una nación “bienaventurada”, una nación sobre la que se derrama la bendición del Altísimo, una nación donde su gente y sus gobernantes temen a Dios y viven para Él. Donde su Palabra (la Biblia) es atesorada y sus moradores andan conforme a sus estatutos y enseñanzas. Esa nación tiene promesa de ser “¡BIENAVENTURADA!


  • En cuanto a las pruebas y sufrimientos que forman parte de la vida, ninguno está eximido. Nuestro Señor Jesucristo enseñó que “estamos en el mundo; pero, que no somos del mundo” (Jn. 16:33). El “estar en el mundo” implica que estamos sujetos a la experiencia humana de pruebas, sufrimientos, enfermedades, tentaciones y, aun caída en pecado. De seguro, toda esta fragilidad afecta nuestra actitud y conducta como mayordomos. Sobre todo, cuando sabemos que no hemos hecho bien delante de Dios y hemos pecado contra él. El diablo nos acusa delante del Padre   (Ap. 12:10), nos sentimos mal y nuestra mayordomía es afectada. Es cuando nos damos cuenta cómo nuestra comunión con Dios es vital para nuestra buena mayordomía