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Una de las verdades más amargas que le corresponde aprender al creyente, es la de saber que no está exento a las pruebas; que las pruebas son parte de la experiencia cristiana. Lo sabemos, porque Jesús lo enseñó: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33).
Pero, en alguna parte dentro de nosotros, nos resistimos a esto. No nos gusta sufrir y, por otro lado, por muchos años, se ha introducido una doctrina a la iglesia cristiana, en la que muchos creyentes piensan que por ser “hijos del rey”, Dios debe eximirles. Les digo, la verdad: ¡esta es una doctrina peligrosa! Ha sorprendido, desilusionado y desanimado a muchos creyentes sinceros. Pero, no debe ser así con nosotros. Pues, las pruebas son parte de lo que Dios permite para formarnos y ayudarnos a depender enteramente de él. Y, que para que al final nuestro corazón esté lleno de gratitud por sus abundantes misericordias.
Pero, hay una razón muy especial en las pruebas y aflicciones, es aprender EMPATÍA. Sólo cuando nosotros mismos hemos pasado por pruebas y llevamos las marcas de las heridas en nuestra vida, podemos experimentar amor y compasión hacia otros. Esto es precisamente, lo que el Apóstol Pablo, quiso que los creyentes corintios supieran en su Segunda Carta. En la primera los había reprendido duramente, en esta los consuela. Abre la ventana de su corazón y les dice que él mismo ha padecido, que ha sufrido y que, aún, llegó al punto de pensar en que perdería la vida… “Para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (v.v. 10).
El mensaje de hoy, estará a cargo del Dr. Manuel Arnoldo Ruíz, diácono de nuestra iglesia. Un hermano amado y apreciado por todos. El, también, ha tendido que caminar por la dura aflicción en estos tiempos y, tiene algo que decirnos del Señor.
Pastor José A. Martínez
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